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Takahata y Hayao Miyazaki son los dos artífices y motores creativos del famoso estudio de animación Ghibli. El 16 de abril de 1988 estrenaron a la vez dos obras maestras: «La tumba de las luciérnagas» y «Mi vecino Totoro». Desde entonces siempre ha existido una gran rivalidad entre ellos, una sana competencia que les ha estimulado a superarse. Miyazaki le ganó la partida con sus éxitos de crítica y público y su reconocimiento en el extranjero, pero Takahata, muy criticado por los continuos retrasos y el e n c a r e c i m i e n t o d e l p r e s u p u e s t o d e s u s proyectos, guardaba un as en la manga. Como si se tratara de u n a j u g a d a ma e s t r a impulsada por una enorme ambición comercial, el estudio planeó un nuevo estreno conjunto para verano de 2013 que significaría la despedida cinematográfica de ambos autores: Miyazaki presentaría «El viento se levanta» y Takahata «El cuento de la princesa Kaguya». Miyazaki cumplió los plazos y estrenó su obra en la fecha prevista con un rotundo éxito. Se trataba de una hermosa aventura de sueños y decepciones de un ingeniero aeronáutico, en la que el dibujante aportaba abundante material autobiografico. Por su parte, «El cuento de la princesa Kaguya» se demoró varios meses y cuando vio finalmente la luz fue un sonoro fracaso. En España se ha estrenado hace unos meses. Sería absurdo comparar la calidad de ambas películas, pero teniendo en cuenta las dudas, manifestadas incluso por Miyazaki, con respecto a la posibilidad de que Takahata pudiera acabar su obra, es justo reconocer que «Kaguya», basada en un cuento tradicional sobre una pequeña niña encontrada en el campo como un «brote de bambú», representa un sobrecogedora conclusión a una carrera excepcional, no sólo por la inmensa belleza de las imágenes que nos ofrece, sino por su carácter de adiós definitivo de un genio del anime.  

En cierto modo, el leitmotiv de «El viento se levanta», el hecho de que debamos comprender que, a pesar de cualquier tipo de adversidad, hay que intentar vivir, es similar a la moraleja que nos propone el cuento de Takahata. La historia de Miyazaki es más realista que la fantasía de la princesa, pero en los dos casos se percibe un acercamiento resignado y triste ante lo inevitable, una mirada madura y reflexiva sobre el destino, algo lógico si entendemos que proviene de la dilatada experiencia que atesoran ambos creadores. Sin embargo, es Takahata quien logra tocar el cielo casi literalmente en su última obra. Sus dibujos parecen propios de una acuarela, sus colores no son los típicos intensos y vivos del anime japonés, ya que predominan los tonos pastel y los trazos son muy suaves, dando la impresión a veces de que los personajes flotan… Ese dinamismo tan sutil capaz de sustituir golpes de efecto por giros de asombrosa inspiración es uno de los aciertos de la película, así como la realización de algunas modificaciones en el estilo de los dibujos cuando la narración lo requiere. Otro de los aciertos es la sensibilidad con la que es contada la historia de la princesa, la descripción de la alegría de vivir y la comunión sagrada con la naturaleza, el refugio eterno ante el cambio de las estaciones y el paso del tiempo. Si añadimos a todo esto una partitura magistral de Joe Hisaishi, obtenemos una obra prodigiosa, un verdadero placer para los sentidos que recomiendo encarecidamente.

Isao Takahata nació el 29 de octubre de 1935 en Ise y falleció el 5 de abril de 2018 en Tokio. Nos dejó para la historia obras como: Heidi, Marco, Ana de las tejas verdes, La tumba de las luciérnagas, El cuento de la princesa Kaguya, la serie Lupin III, Pompoko, La princesa encantada, Mis vecinos Los Yamada, La Tortuga Roja, Goshu el violoncelista…