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Alguien sentado en una cueva, perfora un hueso vacío de tuétano, se lo lleva a la boca y sopla… en una flauta. La respiración se convierte en sonido, y el tiempo, a través del sonido, adquiere una forma. Siendo sonido y adquiriendo forma el tiempo, la música empieza. Casi con toda seguridad este proceso comenzó en Geissenklösterle, en el suroeste de Alemania, y en Divje Babe, en la actual Eslovenia; dos lugares en los que se han encontrado fragmentos de huesos huecos con agujeros de otro modo inexplicables que datan de hace 45.00040.000 años.

La música es tan antigua como la historia de la humanidad, y está vinculaba al origen de sus actividades fundamentales, como el lenguaje y la comunicación. No existe civilización alguna que no haya manifestado su interés por el canto, por la danza o por la invención de instrumentos musicales. En las excavaciones de la ciudad de Ur, en Mesopotamia, se encontró un arpa de madera datada en el 2500 a.C., adornada con lapislázuli, la posición de un esqueleto hallado junto a ella desveló la técnica de ejecución.

La vida de los pueblos que viven todavía fuera de la civilización tecnológica, testimonia cómo fue la música en sus inicios, el lenguaje esencial capaz de difundir los mitos sobre los propios orígenes del mundo y de la humanidad. En cualquier civilización de la Antigüedad, la música fue un elemento de cohesión para las comunidades y participó de los grandes ritos colectivos: sostuvo las religiones, reforzó el ánimo de los soldados en las guerras, y poseyó un valor casi mágico que se manifestó en particular en la danza.

En los márgenes de las sociedades tecnológicas, en continentes como África u Oceanía, sobreviven aún hoy poblaciones que no conocen la escritura y confían al canto la transmisión de conocimientos, los mitos y las creencias religiosas, como casi toda la humanidad hizo durante milenios.

Los miles de estudios llevados a cabo hasta la fecha avalan esta afirmación: la música mejora nuestras capacidades cognitivas. Bien cuando escuchamos una canción o bien cuando tocamos un instrumento, nuestro sistema de conexiones neuronales que afectan a casi todas las regiones del cerebro, son activadas y estimuladas. De ahí que hoy en día se haya generalizado el uso de la musicoterapia para el tratamiento en pacientes con trastornos como Parkinson, demencia o autismo, Sin duda alguna, la música activa nuestro cerebro más que cualquier otro estímulo humano. ¿Sabías que, cuando escuchamos música nuestras ondas cerebrales cambian para adaptar la respiración y los latidos del corazón al ritmo de la melodía? Este efecto sólo le ocurre al ser humano y a algunos pájaros y puede ser la explicación de por qué al practicar ejercicio, nuestro ritmo y resistencia mejoran con las canciones más rápidas… Además, este tipo de música también aumenta nuestro estado de alerta, nuestro pulso y nuestra presión arterial.

La música estimula, amansa a las fieras y da equilibrio al ser humano. Una sociedad que ama a la música es una sociedad más culta y refinada.