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Que un poeta que apenas había sobrepasado la mayoría de edad fuera capaz de remover y hacer temblar los cimientos de la poesía de su tiempo, creíamos que era una cualidad que solo poseían Pablo Neruda con sus 20 poemas de amor y una canción desesperada o Arthur Rimbaud con Las Iluminaciones, aunque a decir verdad los versos e incluso el lirismo de la prosa de Félix Francisco Casanova o simplemente Félix Casanova, tenían más q u e v e r c o n l a inmediatez del inmortal poeta francés que con la pausada musicalidad del maestro chileno. De hecho, alguno de sus críticos y biógrafos, n i n g u n o d e e l l o s oficiales, llegaron a compararlo con el p r i m e r o y a d e n o m i n a r l o e l Rimbaud canario.

Nacido en la isla de La Palma en 1956 se trasladó a Tenerife con su familia a principios de los setenta. Hijo de un odontólogo y poeta de inclinaciones postistas, con impostada apariencia de dandi, y de una hermosa pianista que interpretaba piezas de Debussy con delicada maestría, Félix Casanova irrumpió como poeta de consideración a los 14 años, cuando publicó su primera obra poética El invernadero y logró con él  el más prestigioso reconocimiento en poesía de Canarias, el Premio Julio Tovar. Absolutamente autodidacta, adquirió su propia voz, al principio tributaria de sus lecturas preadolescentes, tan solo a partir de sus personalísimas impresiones de lo que leía. A partir de 1972 su quehacer literario se intensificó en parte por su afición a la música rock y por el descubrimiento de Coltrane, a quién admiraría hasta su muerte. Tan es así que sus primeros textos se publicaron en inglés, c o m o l e t r a s d e canciones. La imagen que nos ha llegado sobre su apariencia juvenil responde tanto a la de un poeta con voluntad de parecerlo, como a la de una estrella del rock and roll. De hecho son f r e c u e n t e s l a s fotografías en las que aparece posando con pósters de Jim Morrison, el poeta americano que encontró su voz en la música de la que después renegó. Y su devoción por esa fuerza de la naturaleza que fue el vocalista de The Doors, configuró de alguna manera su imagen y se plasmó en un cierto sesgo surrealista, en los que la urgencia de los versos parecía habérsele escapado de los labios o de su bolígrafo en muchos de sus viajes a las profundidades de su personalidad quebradiza y sus posteriores ascensos a las alturas de la euforia. Debes saber que a veces/ soy como un entierro interminable,/ siempre triste y azul/ subiendo y bajando/ por la misma calle, escribió.

Félix Casanova se distinguía del resto de poetas de su generación porque su concepción de la literatura no suponía un ejercicio de proyección a la fama, sino una especie de sacramento con el que atrapar la subconsciencia de sus lectores: el poderío de sus imágenes para la que estaba especialmente dotado por sus otras pasiones: el cine, la fotografía y el cómic; la inusual sensibilidad de un poeta precoz con la que alcanzaba un lirismo inédito hasta el momento y desconocido en otras jóvenes voces de poetas juveniles canarios como Eduardo Westerdhal, Agustín Espinosa o Pedro García Cabrera; su capacidad para generar desconcierto y su falta de apego a manifiestos—aunque él mismo firmaría uno junto a Ángel Mollá bajo el seudónimo Equipo Hovno— o a las normas de conducta, lo catapultaron al parnaso de la poesía canaria de los años 70. Su principal impulso literario emanaba de su anhelo de crear nuevos mundos. En este sentido podría haber hecho propios los versos de Rimbaud: “¿Qué nos importan, di, corazón, estos charcos/ de sangre y brasa, mil crímenes y largos gritos/ de rabia, estos sollozos de un infierno que arrasa/ todo orden…”. Seguro que también tuvo presente el verso de Morrison en When the music is over: ‹‹Queremos el mundo y lo queremos ahora››.

En 1975 obtendría el premio Matías Real de poesía por Una maleta llena de hojas, en las que afloran reminiscencias de Walt Whitman, incluso en el título. Sus versos se desencadenan de todas las pautas de la poesía convencional, creando discursos aleatorios en los que se entremezclan su entusiasmo por seguir alimentándose de la literatura y su cosmovisión trágica de la vida. Ese mismo año se publica su única novela, El don de Vorace, que comprende 49 capítulos breves en los que Vorace es un inmortal abocado al suicidio. Su protagonista es un poeta fascista enamorado de Débora que ve cómo todos los que le rodean van muriendo mientras él sigue con vida. La novela posee un lirismo fuera de toda controversia, con la que a ratos no se sabe si lo que se lee es narrativa o prosa poética, aunque fue siempre mejor poeta que contador.

Quienes lo conocieron, coinciden en que era una persona con un poder de atracción y un carisma incuestionables, capaz de seducir a personas de ambos sexos y de todas las edades, pero también un ser dotado de una ternura extraordinaria, que lo hacía parecer vulnerable a cualquier ruptura de su frágil equilibrio mental. Practicó el malditismo sin premeditación ni presunción, simplemente porque era lo que le salía de dentro. Hoy por hoy es imposible aventurar adónde habría llegado su exploración artística y su evolución poética.

Como alguno de los mitos a los que adoró siguió el camino del ‹‹vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver››. Un 14 de enero de 1976 mientras se duchaba, sus pulmones se colapsaron con el gas de una bombona abierta, no se sabe muy bien si intencionadamente o por accidente, para añadir ese halo de misterio sobre la muerte que reviste a los que abandonaron el mundo prematuramente sin dar de sí toda la genialidad que llevaban consigo. Tenía 19 años, pero ya se le consideraba un poeta de una fuerza descomunal. Su padre se encargó de publicar póstumamente su obra inédita: La memoria olvidada, compendio de casi todos sus poemas, editada en 1980 y Yo hubiera o hubiese amado, un diario íntimo escrito entre 1973 y 1974 y publicado en 1983.

Un mes antes de su triste fallecimiento le había escrito un poema a su novia, cuyo último verso es lo más parecido a un epitafio que se pueda imaginar: Eres un buen momento para morirme.

Resulta obligado dejar uno de sus poemas para hacernos una idea de cuál era su voz poética, rica en vocabulario, de un ritmo admirable, un lenguaje personalísimo y una profundidad turbia y a la vez preclara.

De más allá del mar

vienes a contarme tu derrota

y esperas que yo te arrulle

y te preste un poco de viento.

Hoy, día de la carne abierta,

con tu olor a subterráneo

y tu pálida huella en las cosas,

amigo, urge saltar del tren

y dejar un disfraz vacío

velando el asiento:

así verás que eres tú el túnel

por donde los demás corremos.

De La memoria olvidada, marzo de 1974.